martes, 7 de agosto de 2012

He estado pensando.


He estado pensando.

Es posible que solo esta afirmación os sorprenda, pero es cierto, y aquí sigo. Prueba inequívoca, por otro lado, de que el pensar resulta ser un ejercicio no letal.
Decía, pues, que he estado meditando. Y como casi siempre que se medita, se medita sobre un tema concreto. En este caso me ha dado por meditar sobre un tema tal vez muy desgastado: 

“Lo que es la vida y los problemas que en ella surgen”

Es cierto, posiblemente sea un tema demasiado al uso en la actualidad, pero mi manera de verlo es, quizás un tanto más ingeniosa.
Véase que, cansado como estaba ya de los típicos ejemplos y frases de la vida: sus problemas, como plantearlos y resolverlos. He llegado a desarrollar una nueva explicación mediante el uso de comparaciones de lo que es, a mi ver, la vida y sus problemas.

Vayamos al grano, pues:

Limpiemos nuestra mente de todo, e imaginemos un suelo yermo, sin paisaje que nos distraiga de ese suelo liso, de arena compacta, por ejemplo.
Ahora, pongamos una taza de té en ese lugar inhóspito.
La taza se mantiene en el lugar día y noche, indiferente al paso del tiempo, pero, ¡alto!: en ocasiones puede llover.

Hay diversos tipos de lluvia en este mundo, pero aquí solo nos interesan dos:

La lluvia fina, que cae de manera suave, sin hacer ruido pero en gran cantidad, como una cortina infinita de miles de agujas de agua que lo mojan todo en poco tiempo.
En este tipo de lluvia descubrimos como en nuestra taza entran centenares de esas gotitas en unos pocos segundos. Y nuestra taza, irremediablemente, se llenará.

Hay, también, un tipo de lluvia más basta. De gotas orondas y rechonchas que caen separadas entre ellas, pero que con solo un par de estas, llenamos considerablemente nuestra mentada taza.

La lluvia va y viene, y la taza siempre permanece inmutable en su lugar. Pero, en ocasiones, debido a la incesante lluvia, de cualquiera de los dos tipos previamente citados, nuestra taza puede amenazar con desbordarse.
Es cierto. En ocasiones tan solo debemos esperar a algunos días mejores y más calidos que acabaran por evaporar el agua de su interior y la volverán a dejar vacía.
Pero, en la mayoría de ocasiones, me temo mucho que no podemos depender de los días buenos, que seguro están por llegar, y necesitamos aprender a vaciar esa taza antes de que el agua acabe desbordándose con las consecuencias imprevisibles que ello nos pueda acarrear.

Es así, pues, como veo la vida actualmente. Mi vida es la taza. La lluvia, los problemas que, independientemente de uno mismo, nos asaltan por todos lados. Aquellos que entran en la taza, llenan mi vida de dificultades. Pueden ser un par de problemas enormes o un centenar de diminutas dificultades, pero, si no aprendemos a vaciar la taza, es igual el tamaño o la cantidad. Acabaremos desbordándonos. 


Supongo, entonces, que lo importante no es la lluvia, por muchos tipos que haya, o el tiempo que pueda venir, sea bueno o malo.
Lo que de verdad debería ser motivo de preocupación es averiguar como podemos vaciar nuestras tazas en cada situación. Porque, si logramos averiguarlo, podremos evitar ahogarnos en una taza de té.



lunes, 30 de julio de 2012

Llueven lágrimas


He leído sus líneas. Primero los ojos intentaban avanzarse ávidamente a mi pensamiento, buscando acabar las oraciones que frágilmente se mantenían suspendidas en la pantalla de mi ordenador, con voracidad insana.
 Luego me he relajado y he puesto una canción que tenía a mano. 
He dejado que sonase, tal vez unos segundos, o es posible que algunos minutos, antes de retomar la lectura desde el inicio. 

En esta ocasión con ritmo apacible, paladeando la textura de los vocablos bien enlazados. He leído con sumo deleite la primera oración sin pausa pero sin prisa, como manda la canción, y he disfrutado de su significado.

He saboreado el amargor de los sentimientos que ella escribía, o, tal vez, fuesen mis propios sentimientos desenterrados del diván del olvido. Lugar de sensaciones melancólicas convenientemente ocultadas.
A cada punto y seguido lo acompañaban una magnifica secuencia de mis propios recuerdos que me hacían recordar los momentos que las oraciones enmarcaban. Y lograr tal eventualidad no es sencillo.

“Muchos escritores conocen las normas de la escritura, pero no saben escribir…”

Ella si lo ha sabido hacer. Tal vez haya sido por ello que haya recordado el amor que le tengo a la escritura, un amor condenado al fracaso, pero del que no quiero desprenderme pase lo que pase. Como el naufrago que se aferra a un madero en el infinito desierto de agua que le rodea; seguro de no tener futuro, pero convencido, a pesar de todo, de que no debe soltar aquello que le mantiene a flote.

Es triste que, para escribir con el corazón, tengamos que recurrir a la melancolía, a las vivencias que acumulamos en el trastero de los recuerdos y que, a pesar del dolor que nos provocan, se mantienen plasmadas en las letras que escribimos.
Gracias por compartir tus letras con lectores anónimos, por dejarnos leer un poco de ti y por escribir con tinta los sentimientos.

miércoles, 20 de junio de 2012

Estudiando el amor.




Digamos que es como un mal que nos aqueja a todos en uno o varios momentos de la vida. Eso descartaría  que se tratase de, por llamarlo de algún modo, una enfermedad transitoria (como podría ser la varicela). Pero no descarta que se trate de una enfermedad, o, como mínimo, de una droga natural.
Es, por mi parte, quizá demasiado frio el hablar del amor como una enfermedad y tengo que admitir que soy consciente de ello y no estoy de acuerdo del todo conmigo mismo; Si bien, deberíamos entender que el amor no es una enfermedad como tal, si deberíamos entender que podría tratarse, prácticamente, de una droga.
 Me explicare: A pesar de lo mucho que he meditado sobre el tema, y la información que he ido procesando en este último tiempo, me doy cuenta de que el amor actúa de un modo totalmente diferente según el sujeto al que afecta. De este modo entendemos que afecta a la persona y sus capacidades (creo que esto es indiscutible), pero, lógicamente no todas las personas se ven expuestas o actúan con el mismo nivel de dependencia.

 “El mal uso de las drogas no es una enfermedad. Es una decisión, como pararte enfrente de un coche en movimiento. 
Podrás llamarlo un error de juicio.”

La droga entra en nuestro organismo, pero esto no es del todo acertado, quizá deberíamos decir que espera aletargada en él. Es en el momento en el que se reúnen una serie de factores que resultan necesarios para darle vida o liberarla de su latencia cuando podemos decir que nace el amor (una expresión muy acertada si tenemos en cuenta que hasta el momento se hallaba en un estado embrionario próximo a la vida pero sin estarlo).
El amor actúa en nuestro sistema de varias maneras: Deforma la realidad que captan nuestros sentidos y nos transmite lo que nosotros precisamos ver y no lo que tiene lugar a nuestro alrededor; Puede anular de manera puntual o mantenida nuestra lógica y el proceso de razonamiento; Y, se trata de un inhibidor del dolor que proporciona cierto grado de satisfacción mantenida a lo largo del tiempo. Si bien, claro está, esta droga se va dispensando cuando se han reunido una serie de factores únicos para cada persona, también desaparece cuando estos factores decaen o desaparecen de manera definitiva (no obstante, la droga no resulta combatida y eliminada por nuestro organismo, sino que vuelve de nuevo a su estado latente a la espera de nuevas oportunidades para presentarse).
Durante el tiempo que dura este cambio de estado, (momento en el que el amor va desapareciendo paulatinamente del organismo) la persona, por normal general, entra en una fase de autocompadecencia y enfado muy próxima a la depresión. Podríamos ver ciertos símiles con el periodo de desintoxicación que llevan a cabo las personas enganchadas a las drogas (si bien no se conoce ningún fármaco que ayude durante este baipás entre estados).


De este modo, presumiblemente, podemos hablar del amor como una droga latente en nosotros mismo, de la que podemos resultar consumidores sin conocer concretamente el momento en que la afección ya nos ha tomado en sus manos. Determinamos que el virus del amor es evolutivo debido a que encuentra la manera de transmitirse de generación en generación (en sí mismo, uno de los efectos q causa como droga en el organismo es la intensa necesidad de perpetuar la especie, indiferentemente de todo lo que suceda o nos rodee).
Además, cabe destacar que el propio virus ha desarrollado una gran velocidad para evolucionar en el hecho de que una persona nunca es totalmente invulnerable. Es más, por lo general, la inteligencia propia de esta droga la hace adaptarse y encontrar nuevo factores o reducir el número de ellos que anteriormente eran necesarios para que de nuevo la droga sea introducida en nuestro organismo.

kren